Verdad histórica

Per José Vicente Gómez Bayarri

Los ciudadanos somos los protagonistas de la Historia. La identidad de un pueblo la determina su proceso histórico. Para definir qué es una nación, nacionalidad, comunidad, territorio, etc., debemos analizar su evolución como pueblo. Al historiador y al político les debemos exigir cierta moralidad en sus juicios. Desde este punto de vista les incumben esencialmente tres tareas: reflejar la historia lo más objetivamente posible, preservar la memoria colectiva y educar en la pluralidad.

Sin embargo, el sr. Hereu, alcalde de Barcelona, en sus ansias de difundir y potenciar la entelequia de los quiméricos “països catalans” se ha excedido en sus juicios de valor y ha pretendido tergiversar a sus conciudadanos, residentes en la calle Valencia de la ciudad condal.

La educación e instrucción deben procurar infundir el sentido de la responsabilidad política, moral y civil. El historiador Juan Pablo Fusi afirmó que los nacionalismos exacerbados -incluido, en ocasiones, el español– falsean la historia.

La personalidad socio-histórica valenciana está determinada por una serie de factores de índole diversa que responden a condicionamientos geográficos, demográficos, culturales, generacionales, necesidades de la vida material, evolución de las organizaciones, etc., pero también a su voluntad, al peso de las ideas, de las creencias, de los mitos, de las leyendas, de las tradiciones, a la influencia de los gobiernos y de la política.

La herencia que define a un pueblo viene configurada por las particularidades históricas, culturales, lingüísticas, institucionales, etc. Tergiversando estos aspectos, el catalanismo político y cultural se ha convertido en el último alumbramiento de la historiografía romántica, subyugada a las ideologías del presente.

Ya Ramón Menéndez Pidal, desde una óptica castellana, rebatía a los historiadores de la nueva mística catalana cuando interpretaban los documentos en función de un maniqueísmo político, a la hora de redactar historias y artículos partidistas, falsarios y lacrimógenos, sin ningún rigor científico.

En la década de los años treinta, el historiador catalán Joan Vicens Vives afirmaba que la historiografía catalana repetía las fábulas, mantenía los equívocos, perseveraba en los tópicos cómodos y peligrosos; ante esto reaccionó vigorosamente planteando dos exigencias: construir la historia que se desprende de los documentos e interpretar los hechos históricos, sin otra valoración que la que tenían cuando estos ocurrieron.

A partir de los años cincuenta, este historiador perfeccionaría la nueva metodología al constatar que una parte de la historia de Cataluña se había falseado. Percibía que se estaba gestando el último parto de la historiografía catalana de la época romántica y subrayaba que una “Cataluña falsa” protagoniza la época de la conquista de los territorios en que Jaime I constituyó el reino de Valencia. Una “Cataluña falsa” prolonga unos inexistentes contenidos nacionales hasta la población de Orihuela. Una “Cataluña falsa” absorbe personajes ilustres valencianos de las distintas ramas del saber, monumentos, cerámica, etc., cambiando su origen.

A comienzos de los años veinte las publicaciones de Ferran Vall y Taberner y de Ferran Soldevila, y el encargo que el político Francesc Cambó hiciera a de este último para que escribiera una Historia de Cataluña , y otras obras de autores posteriores han constituido la exégesis espiritual y credo político de los fervorosos catalanistas.

Lo expuesto puede ser aplicable a cierto tipo de historia que se está confeccionando sobre el antiguo Reino de Valencia. Los intereses políticos y la entelequia de los denominados “países catalanes” pueden llevarnos a distorsionar nuestra idiosincrasia histórica y cultural. Olvidan que el pueblo valenciano quiere ser lo que históricamente ha sido, es decir valenciano, con su propia personalidad, cultura, lengua, historia, etnología, etc., sin intromisiones externas.

Recordamos, con añoranza, la docencia del Dr. Leopoldo Piles en nuestra querida Universidad Literaria y la persistencia que ponía en dos ideas que intentaba inculcarnos: una, el hábito de visitar los archivos y trabajar con documentos; la otra, el deseo de que redactemos nuestra propia historia, con espíritu crítico y objetividad, porque sino vendrán de fuera y nos la falsearán. Con el transcurrir de los años hemos podido comprobar su acertada preocupación y como intuyó lo que hoy en día es uno de los puntos de discordia en el aspecto cultural valenciano.

Cuánta razón tenía el profesor y académico de la R.A.C.V, nuestro admirado Leopoldo Piles, después de leer el contenido del folleto informativo publicado por el actual regidor del Ayuntamiento de Barcelona.

cites

Nadie podrá asegurar que el valenciano y el mallorquín sean dialectos del catalán en el verdadero sentido de la palabra. Los tres se han desarrollado con absoluta simultaneidad de tiempo y divergencias léxicas, sin influirse mutuamente
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