Muchos romanistas, muchos

Per Obdulio Jovaní Puig

Hace unos días, pasando por la calle de La Nave de Valencia, desde el portón de la Universidad vi en el claustro unos corrillos —«corrococos», en valenciano de mi pueblo— de gentes con ese escapulario que llevan colgando cada cual con su nombre, con indicación de la reunión o del congreso al que asisten. Entré. Me acerqué al Aula Magna, donde se celebraba la inauguración de uno de romanistas. Allí pude comprobar que en lo alto, presidiendo el aula, figura todavía una pintura de la Virgen de la Sapiencia, la misma que un grupo de talibanes con birrete retiraron del escudo de la Universidad y lo sustituyeron por una bandera. Para entonces ya había dicho Joan Fuster —¿recuerdan a aquel oráculo de Sueca que definió la Filosofía como «l’art d’agafar la vaca pels collons?— que una bandera es un «ingredient irracional». Ciertamente, con notoria irracionalidad se comportó aquella Junta de Gobierno, sectaria y roma, calificando la Audiencia de Valencia aquel trueque desde la sapiencia a la ignorancia como hecho «sin regla ni criterio». Pero ¿puede un nacionalista hacer algo que no sea un desbarro?
 
Una vez metido Fuster en el ajo, diré algo de bueno del «falcó de Sueca»: El 30 de mayo de 1969, Fuster escribió a Eulalia Durán, mujer del responsable de la edición de la Gran Enciclopedia Catalana conteniendo un memorial de agravios «a causa de vuestro escasísimo entusiasmo por la tauromaquia, que se convierte en entusiasmo inminente cuando se trata del boxeo, del cine o de la poesía lírica. No encuentro justa esta parcialidad. Y conviene que espabiléis. En la B, además de Bardot debería entrar Don Vicente Barrera, que fue una especie de Ausiàs March del capote y la muleta…». Siguen unas recomendaciones: «Toros: en este artículo se debería incluir… b) la participación autóctona en el deporte taurino, historial brillantísimo, más catalaúnico que la madre que nos parió.”
 
Dejemos a Fuster y sus cuitas para llegar a fin de mes, volvamos a los romanistas. Estos de ahora en congreso me recuerdan que en su día, allá por el 95, mil romanistas mil enviaron al presidente Zaplana una carta en defensa de sus tesis. Sospechosa acción. Porque las tesis se han de emitir para que generen las contrarias y no para que se perpetúen. Además que una carta así, con tantos romanistas juntos y revueltos, deberían haberla dirigido al Libro Guinnes. El caso es que exigieron al presidente la aplicación inmediata y exclusiva de «su» normativa. Por aquel tiempo le recordé un principio de equidad: la acumulación de argumentos no refuerza la argumentación. No se sabe si la carta la firmaron de puño y letra, a dedo pulgar o a estampilla, pero sirvió para hacer argumento de la muchedumbre, que aquí para ser intelectual vale quien firma. A ese exhibicionismo ramplón lo llamó Papini «concupiscencia viciosa de la razón, maniática infatuación de la inteligencia...».
 
Estos romanistas de hoy me han hecho recordar al Abad Griera, que lo fue de Sant Cugat del Vallés, en donde la II República reunió sus últimas Cortes antes de salir picando soleta. Un día escribió sorprendido: «de uno a otro congreso, han decidido alejar el catalán del castellano como lengua hermana y pasarse al francés, con argumentos políticos, no romanistas». No fue a ningún otro congreso, claro.

cites

La llengua te vida propia independent, lliteratura propia i pot formar la seua historia d’evolució morfológica dende que s’emancipa de sa mare. El dialecte no pot tindre vida independent, ni molt menys lliteratura propia; per lo tant, rigause d’aquells que sostenen que el valenciá es un pur dialecte; eixos no han llegit nostres clássics del sigles XIV, XV, XV, i XVII.
Lluis Fullana i Mira (1916)

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