"El Temps", meteoro político

Per Obdulio Jovaní Puig

Debajo de aquella barba entrecana, tan carismática entonces, como carismáticas eran la trenka de botonadura de cuerno, la capucha y la mariconera, «El País» en el sobaco y el noviciado político cursado en el barrio del Carmen de Valencia, entonces tan cutre, tan de «gauche divine»; en aquel tiempo, su gesto era estricto, hierático cual angelote compungido, cual tragavirotes de acidez crónica; fue aquel Lerma que pasó del pupitre al sillón de cargo perenne sin solución de continuidad -ahora anda internado en el Senado, esa residencia para políticos pasados de rosca- fue aquel sumiso a las querencias rapaces de la Universidad de Valencia -que comenzó a menguar inteligencias, a someter la universalidad a permanente retranqueo, a abanderar el secesionismo de país, a amotinar el integrismo lingüístico- con Fuster como ideólogo para la formulación doctrinal del nacionalismo -wisky va, wisky viene.
 
Con este como vate, con aquel como botarate -léase títere- aparte de transformar la Facultad de Económicas a modo de Casa Parda de Munich, centro del fascismo hitleriano, en su entorno empezaron a fundarse innumerables checas lingüísticas que vinieron a hacer lo que denunciaba José Ribas, director de «Ajoblanco»: Se ha impuesto un catalán mesiánico, folclórico y vacuo en el que no importa la calidad sino la cantidad, un idioma sin contenido que no permite a la gente que use su propia lengua o refleje la de sus mayores...
 
Y así ocurre que el catalán -impuesto, no enseñado- sólo se habla un 30% en el área de Barcelona, según la última encuesta de la Generalitat. ¡Y CIU asegura que los datos están maquillados! El presidente del IEC acaba de lamentar «el empobrecimiento léxico y la castellanización». Opina Francesc Puigpelat, periodista: «Tothom que s´hagi passejat per Valencia sap que el català (o valencià, m´es igual) recula a passes de gegant...» Tot i qué...
 
ABC demostró en su día que Joan Lerma subvencionó a «Santa Teresa», que así llamaban a Eliseu Climent en Campanar, por tantas «fundaciones» que hacía, al modo que las hiciera la santa de Ávila, para disponer de muchos cazos con los que pedir; logró que aquel le diera ¡Dos mil millones de pesetas!, con Ciscar a boca de ventanilla, aquel conseller de cuerpo canijo, tan carniseco y enjuto, tan obleado y flacucho, que mirándolo de frente, visto en gran angular, si acaso insinuaba un junco; si de lado, solo un hueco, solo un gajo, una raspa de abadejo, un badajo, una ausencia, una sospecha, un traje en un espantajo, un terno sobre una percha, un maniquí con hombreras, con plastones y con guatas, una angostura con cejas, un espectro con dos patas...
 
De tomante sigue el mismo, el dante es Montilla. Aquí contaba días atrás Alberto Caparrós -que navega todas las mañanas de web en web, salvando sargazos y galernas hasta encontrar algún fondeadero donde recalan barcos piratas- descubrió a Climent con un alijo de 150.000 euros destinados a mantener «El Temps» una revista que vende Països.
 
Decía Quevedo: «En vano el agosto nos colma de espigas/ si más lo almacenan logreros que hormigas».

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Hay unanimidad en los autores valencianos de los siglos XIV, XV y XVI en llamar valenciana a su lengua
Simó Santonja

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