Pillaje de cuatribarradas

Per P. Ferré i Martínez

Vivimos tiempos de pillaje y de saqueos históricos. Tiempos de latrocinios y desfalcos documentales. Tiempos de embustes y manipulaciones falaces. ¿Los protagonistas de los saqueos? ¿Los causantes del pillaje? ¿Los autores de los latrocinios? ¿Se lo imaginan? Con poca imaginación uno adivina rápido que estamos hablando del ‘nazi-onalcatalanismo’ feroz del ‘gran usurpador mayor del reino’, del gran mentidor de la historia, del gran ladrón de cuatribarradas.

El criminal derrumbe de las Torres Gemelas neoyorkinas el 11-S le ha robado el protagonismo a la Diada catalana que tenía hasta ahora la exclusiva de esa especial fecha con la que el ‘nazi-onalcatalanismo’ venía celebrando una derrota: la de 1714, cuando Barcelona se rindió a las tropas de Felipe V, modernizador de la España caciquil. Todos los pueblos celebran siempre victorias; pero no es el caso de Cataluña porque, en sus muchos siglos de historia, no cuenta con una sola victoria. Sólo celebran derrotas.

Y este año, en el 11-S, nos hemos estrenado con una novedad: los ayuntamientos de Lérida, Gerona y Badalona, y otros tantos de menor envergadura – también en manos de caciques radicales – han decidido exterminar de sus balcones oficiales a la bandera española. Uno de los figurantes-palmero del ‘nazi-onalismo’ catalán, Francesc Ferrer, argumentaba para justificarlo que: “no es lícito colgar la bandera de nuestro enemigo”. Pues, en tal caso, la primera bandera que debería ser retirada es precisamente la cuatribarrada que jamás fue la bandera de Cataluña y, por pertenecer a Aragón, siempre representó el sometimiento a Aragón de los condes catalanes. Mayor humillación no cabe.

La celebración de la Diada catalana siempre culmina con un pasacalle por la Ronda de San Pedro y la ofrenda de una corona a la estatua del conseller Rafael Casanova al que celebran como el gran héroe de aquellas tristes jornadas de 1714. El monumento al conseller, obra escultórica de finales del XIX, representa la estatua de Casanova medio moribundo, abrazando su bandera. Pero… si ponen un poco de atención y se fijan, verán ustedes que la bandera que aparece en los brazos del conseller Casanova no es la cuatribarrada sino la bandera de Santa Eulalia, única auténtica bandera de los condes catalanes. Una bandera de color carmesí claro con la imagen bordada de Santa Eulalia, llevando una palma en la mano y una cruz de aspas detrás de ella.

La razón de tal fidelidad histórica es muy clara. Tras la Batalla de Almansa, en 1707, el Reino de Valencia y de Aragón y los condes catalanes se habían rendido al vencedor Felipe V, quien, tras la victoria, pasó a ser Rey de Valencia y de Aragón, el único con derecho exclusivo a usar la bandera cuatribarrada aragonesa. Nadie más. Al quedarse solos los catalanes no podía utilizar más bandera que la suya, la catalana: la bandera de Santa Eulalia. Y, desde 1707 hasta 1714 (fecha de la rendición de Barcelona), esa fue la bandera por la que lucharon Casanova y los suyos.

Los documentos originales de la historia de Cataluña dicen con toda claridad que la bandera por la que Casanova luchó y murió no fue nunca la señera de las cuatro barras de Aragón (ya en poder del vencedor), sino, repito, la bandera catalana de Santa Eulalia, emblema secular de la Cataluña que el conseller defendió y por la que murió. Testimonio también de ello es el cuadro histórico de Mariano Fortuna con la bandera de Santa Eulalia, pintado en la segunda mitad del siglo XIX, y que, siguiendo la moda de la pintura histórica que dominaba en Europa, los artistas que evocaban algún suceso patrio estaban obligados a reproducir con exquisito cuidado, según la época, las armas, los cascos de los guerreros, sus corazas, sus lanzas, las armaduras, el atalaje de los caballos, las espuelas, las calzas, los mantos, las coronas, los bordados y los colores y, por supuesto, por encima de todo, las insignias de los ejércitos y las banderas de los guerreros de las ciudades y de los estados. Traicionar la historia, falseando estos detalles hubiera sido el hazmerreír de estos pintores y escultores.

Por otro lado, el relato histórico sobre el conseller Casanova, también está falseado. Tal acontecimiento hay que situarlo en el marco del final de la Guerra de Sucesión a la Corona de España en la que había dos candidatos, el candidato francés Felipe de Anjou – que traía la modernización de la España caciquil – y el candidato austriaco, el Archiduque Carlos, que quería perpetuar la España de los caciques feudales. Muchas de las obritas y panfletillos de Internet editados recientemente por el ‘nazi-onalismo’ catalán están falseadas pues presentan los hechos como “españoles y franceses sitiando en Barcelona a los catalanes”. Cosa falsa pues los catalanes de Casanova, estaban bien pertrechados con su ejército de refugiados aragoneses, valencianos y castellanos partidarios del sistema feudal, arcaico y caciquil, enemigos de la modernización del país que nos traía el Borbón francés.

Rafael Casanova, al que el nacionalismo caciquil nos presenta como mártir, no murió en la refriega. Por el contrario, sí que murieron cuatro mil personas que no hubieran sucumbido si el conseller Casanova no hubiera insistido en una resistencia imposible cuando las potencias extranjeras ya habían decidido el final de la Guerra de Sucesión a favor de Felipe de Anjou. Casanova protagonizó, por tanto, la inútil acción de la defensa numantina de una posición perdida y fue el responsable de esas muertes, puesto que, para cuando quiso pactar su rendición, ya era demasiado tarde. Casanova huyó y no murió en la refriega. Todo un héroe.

Jurídicamente, la bandera de Santa Eulalia fue siempre la bandera de los condes catalanes hasta que ¡¡en 1976!!, muerto Francisco Franco, líderes del ‘nazi-onalismo’ catalán se desplazaron a Madrid y, aprovechándose de la inestable situación de la Transición española, deprisa y corriendo, los catalanes le sacaron al Rey Juan Carlos un Real Decreto en el que aparece que la bandera de Cataluña sería en adelante la cuatribarrada de Aragón. Sin más derecho para ello que la apropiación indebida, el expolio o usurpación de su bandera, la del Reino de Aragón, cuyo emblema histórico durante ocho siglos sí que fue, ha sido y es “la siempre gloriosa Señera Real de las cuatro barras de Aragón de los insignes monarcas de la casa real y nobilísima estirpe del mismo nombre y reino (de Aragón)”. Para vergüenza de ladrones de la historia, ahí está, en bronce, la estatua del conseller Casanova en la propia Ronda de San Pedro de Barcelona.

P. Ferré i Martínez

* Articul publicat en el periodic “Diario de Valencia”, setembre 2004.

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L´individualitat de la llengua valenciana dins de la familia de les llengües occitanes, cap que tinga una mija cultura, la pot posar en dupte.
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