Crucifijos ¡fuera!

Per Wenley Palacios

La propaganda, tan bien manejada por la izquierda, acuña frases como si fueran axiomas, a las que perdonan la demostración de su mensaje y pretenden que nadie las discuta, porque la misma propaganda ha establecido que --no es políticamente correcto--.

Y así va el mundo. Una de ellas: Haz el amor y no la guerra, es como si le dijeras a un niño "tómate el desayuno y no te pongas los calzoncillos por la cabeza". Está claro, no tiene que ver una cosa con otra. Hacer el amor no es aconsejable en los primeros años de la pubertad, ni en el primeros días de la viudedad, ni con la mujer de tu amigo.

En cuanto a la guerra, si es en Afganistán, la puede hacer Zapatero, primero de tapadillo y ahora, a petición de Obama, nuestros soldados abandonan el uniforme de la señorita Pepis.

En el siglo pasado se puso de moda la frase: "La religión es el opio del pueblo". En Rusia, entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, se aplicó con dureza. A Puttin, antiguo miembro de la represoras KGB, lo hemos visto en actos religiosos en iglesias rusas llenas de gente. No pudieron erradicar la fe en Jesús.

Nuestro Gobierno, que no abandona las ideas masónicas más trasnochadas, carece de valor para eliminar el hijab y el chador en las escuelas, como ha hecho Francia desterrando un símbolo de esclavitud y de sumisión machista, pero está maniobrando para eliminar los crucifijos, de las escuelas y de cualquier otro lugar público. Es un signo de la debilidad mental, histórica y discursiva de nuestros necios gobernantes. Creen que conseguirán eliminar la religión con sus políticas, aplicándolas poco a poco.

Después de la traca y el castillo de fuegos artificiales nos dirigíamos hacia la costa. La carretera, a pesar de ser madrugada de lunes, estaba muy concurrida por cuantos subían y bajaban de tantos pueblos que celebraban sus fiestas patronales alrededor del día de la Mare de Deu d´Agost. En la Navidad, en Semana Santa, en estas fechas veraniegas y en tantas otras los españoles demostramos nuestra fe, que muchos miden mal, por fijarse sólo en la asistencia a la misa de los domingos. La gente reza porque le va mal, porque alguien muy querido ha muerto, porque les ha nacido un hijo. He visto rezar, o simplemente santiguarse, a toda clase de atletas en público.

A ciclistas hacer la señal de la cruz, antes de levantar los dedos en señal de victoria, en cualquier meta.

A futbolistas al pisar el campo, al meter un gol, o dedicarlo a un compañero fallecido mirando al cielo.

Para explicar cómo somos los europeos hay que recurrir al cristianismo que ha impregnado nuestra historia durante dos mil años. A los cristianos no nos preocupan las persecuciones, la historia nos ha acostumbrado a sufrirlas. La última entre el 1936 y el 1939 fue la más sangrienta.

Tampoco nos preocupan las críticas contra la Iglesia, dirigida por personas humanas sujetas, muchas veces, a error y a decisiones revisables, salvo los dogmas.

Los cristianos nos atenemos a las palabras de Jesús, que predicó el amor y murió en la cruz por amor a cada uno de los hombres. Les molesta que lo recordemos y por eso quieren quitar los crucifijos de las escuelas. Pero toda nuestra cultura, las piedras de las iglesias y las ermitas, las cruces de los caminos, nuestras fiestas, todo lo que nos rodea está impregnado de cristianismo. Están lanzando piedras hacia arriba y caerán sobre sus cabezas.

Al tiempo.

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Nadie podrá asegurar que el valenciano y el mallorquín sean dialectos del catalán en el verdadero sentido de la palabra. Los tres se han desarrollado con absoluta simultaneidad de tiempo y divergencias léxicas, sin influirse mutuamente
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