La institución notarial valenciana y Jaime I

Per José Forés Lahoz

El nacimiento y evolución del notariado puede afirmarse que comprende desde la independencia de Roma hasta el siglo XIII, en que aparece ya en los países europeos como representante de la fe pública, al decir de algunos historiadores. En la Valencia medieval, poderosa y floreciente, primera potencia económica del Mediterráneo, la institución notarial adquiere un papel relevante, hasta el punto de convertirse en un brillante capítulo de la Edad Media. A ello contribuyó, de manera decisiva, el rey Jaime I. Tras la conquista y fundación del Reino de Valencia, el invicto monarca concedió al pueblo valenciano los poderes para su autogobierno. Y el 7 de abril de 1261 juraba ante las Cortes Valencianas el Llibre dels Furs, o sea, las leyes propias del Reino de Valencia.

Autor, entre otras importantes obras, del Derecho foral valenciano, el notario e historiador Enrique Taulet y Rodríguez-Lueso (con quien tuvimos el privilegio de colaborar durante varios años en la Junta de Gobierno de los Cronistas del Reino, bajo su inolvidable presidencia) relata que don Jaime, con su claro talento y poderosa inteligencia, llegó a conocer hasta el último detalle cómo se ejercía la función notarial en las tierras que dominaba, implicándose por ello en la mejora y perfeccionamiento de su organización.

Cuenta la Crónica -y Taulet se recrea en su evocación- que, tras la entrada de la "gueste" cristiana en el Puig, el 9 de julio de 1237 se inició la confección de un registro notarial en el que se iban asentando los ofrecimientos que el rey hacía de las tierras y casas a los que le ayudaban en la conquista: estamos, pues, ante el Llibre del Repartiment. Su interés por consolidar y enaltecer la función notarial, imprimiéndole grandes avances y afianzamientos, culminaría con la creación del Colegio de Notarios de Valencia, llevada a cabo de modo personal por don Jaime en 1238, siendo por tanto el más antiguo de España, con la facultad de crear y nombrar notarios. Gracias al prestigio de estos funcionarios, el Colegio mereció el título de "Insigne y Noble", los mayorales el tratamiento de "Magníficos" y al notariado se le proclamaría, por privilegio de Martín I, "preclaro Arte", explicándose en la Universidad desde 1519, en que fue creada la cátedra del mismo por los Jurados de la ciudad. Los notarios eran además secretarios de todas las corporaciones civiles y religiosas, con el nombre de Notarios Síndicos, extendiendo las actas en los protocolos de las mismas instituciones, o en protocolo aparte si estas eran muy importantes. En la actualidad aún se conserva el cargo de Notario Síndico en muchas acequias, como las de Moncada, Favara, Mislata, Quart o Rascanya.

Según el ilustre hijo de Onda que en los años cincuenta fuera alcalde de Valencia, Baltasar Rull Villar (magistrado del Tribunal Supremo e historiador, de quien fui compañero cronista y contertulio en nuestra sede corporativa de la Lonja), la conservación de los protocolos fue objeto de una minuciosa regulación, y ya desde Jaime I se dispuso que todo notario debía prever, para después de su muerte, la entrega de los libros a otro notario para su custodia y expedición de ulteriores testimonios. Por cierto que como nos recordaba Santiago Bru y Vidal (otro historiador y cronista de grata memoria), en el Archivo Histórico Municipal de Valencia, custodiados en la denominada Sala Foral y en otras diversas dependencias del archivo general, se hallan ordenados, entre otros muchos documentos, los "Notals", valiosísima serie de 311 volúmenes de borradores o minutas de los notarios de la ciudad, en sucesión cronológica, así como 175 libros de "Protocols", que van de 1365 a 1525, donde a cada notario corresponde una signatura numérica.

Entre los notarios que en la época evocada alcanzaron fama figuran Bononato de Piedra, Luis Alanya (autor de la célebre obra recopilatoria Aureum Opus regalium privilegiorum civitatis et regni Valentiae), Francisco Juan Pastor... Sin olvidar a los beneméritos notarios Guillermo Ferrer, padre de san Vicente Ferrer, y Juan Luis Bertrán, padre de san Luis Bertrán.

Dentro del colectivo notarial han existido siempre relevantes hombres de letras, como Carlos Ros y Hebrera, notario jurista y escritor poeta, además de editor, que destacó como autor en el renacimiento de la lengua y literatura valenciana. Y como hecho revelador diremos que en el certamen poético convocado por mosén Lluís Despuig, maestro de Montesa y virrey de todo el Reino de Valencia, para cantar "en cobles cinc, endreça i tornada" en alabanzas a la Virgen María, la participación más numerosa fue la de notarios, por otra parte "fenomen habitual en el món literari medieval" (Sanchis Guarner), siendo nueve los que colaboraron en el primer libro impreso en España, en 1474, Les Trobes en Lahors de la Verge Maria. Estos son sus nombres: Berenguer Cardona, Joan Gamiça, Lluís Monyoç, Joan Moreno, Pere Pèreç, Joan Verdanxa, Mateu Esteve, Lluís Garcia y Joan Sobrevero.

cites

Los dialectos de la lengua lemosina son la catalana, valenciana y mallorquina. La catalana ha recibido muchos vocablos de la francesa; la valenciana, de la castellana; la mallorquina se llega más a la catalana por ser hija de ella. De todas las tres, la más suave y agraciada es la valenciana y no me lo hace decir la pasión
Gregori Mayans i Ciscar

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