También la Marca Hispánica

Per Agustí Franch

El ejemplar celo patriótico de los catalanes complementa las deficiencias históricas, en versiones substitutivas de aquello que no ocurrió, por lo que me hubiese gustado que hubiera ocurrido. No todos los historiadores catalanes han procedido de ese modo; la mayor parte de ellos han sido fieles a la ciencia histórica, relatando con toda honestidad lo que las fuentes le dicen, otros no nacidos en la región de múltiples confluencias étnicas, han contribuido, en razón de no se sabe qué, a la difusión de lo falso, en lugar de lo verídico.

A la multiplicidad tribal del nordeste de la Península, en los lejanos tiempos primitivos, siguió la multiplicidad condal de la Edad Media. Tribus y condados ocupando el mismo ámbito territorial, en distintas épocas, manteniendo constantes luchas vecinales en obsequio de sus respectivas expansiones territoriales. Y llegaron los francos, salvando las alturas pirenaicas, imponiendo en esas tierras su autoridad; en el año 785 se apoderan de Gerona, caen sobre Barcelona en 801 y sobre Tortosa en 811. En ejercicio de sus hábitos tras las conquistas, va instituyendo Carlomagno las diferentes marcas o territorios de sus estados, para vigilancia y protección de sus dominios, entre los distintos espacios fronterizos que constituyó estuvieron la marca de Gothia y la marca de Gascuña. Luego, unificando estas dos zonas, les dio una sola denominación: Marca Hispánica. (Claude Dubois, G. E. Larousse).

Esta Marca Hispánica, erróneamente la presentan algunos autores como institución natural, intrínseca de Cataluña, la que todavía, sin embargo, muchos siglos tardaría en aparecer por la Historia. Rompe esto el "criterio cronológico", y se pierde el concepto de "...sucesos históricos en el sentido actual de la palabra, esto es verídicos..." (José Fontana Lázaro, G. E. Larousse). La verdad que asoma en la Historia es de ser creación carolíngia, la Marca Hispánica, un territorio que se desliza desde el Mediterráneo por el sur de los Pirineos, con emplazamientos en la Galicia gótica por la región septimana, extendiéndose también por áreas vascónicas. Todo perteneciente a los dominios del emperador Carlomagno, integrados en el reino franco de Aquitania, bajo el cetro de su titular el rey Ludovico Pio, hijo y vasallo del emperador. (Santiago Sobrequés, Larousse, t.2).

La institución condal, en las tierras nororientales de España también fue obra de los francos. El condado de Barcelona, fundado después de la conquista por estos de la antigua Barcino, en 801, fue, mucho más tarde, el núcleo inicial de Cataluña (Victor Gebhardt, Hist. Gen. de Esp. y de sus Indias), en tiempos que no hemos podido averiguar.

La crítica histórica actual debe contener los elementos precisos para que la Historia, y con ella los sucesos históricos que la integran, se adapten al criterio moderno de veracidad y limpieza moral, en los relatos. Hay quienes, en cambio, se meten en aventuras imposibles, empeñados en hacer real lo inexistente, mezclando tiempos, espacios y lugares sin ninguna relación entre los mismos. Con ese engañoso método, todo el mundo ha de creer en la existencia real de Cataluña, en la lectura del siguiente párrafo: "...La historia política, social y cultural de los territorios catalanes fue su estrecha vinculación con el imperio carolingio". (J. Bargas, apéndice de la Hist. de Esp. dirigida por Manuel Tuñón de Lara). No habiendo Cataluña, en esa época, ni tal vez el núcleo de su origen, el condado de Barcelona, de ningún modo puede haber territorios catalanes.

Está en lo posible que quizá hubiera ya alguno de aquellos primeros condados erigidos, pero en ningún caso el espacio geográfico conocido por Cataluña, actualmente. Olvida, el señor Bargas, las fundamentales normas que deben envolver toda mención histórica: espacio, tiempo y lugar. Nada quiere decir el que no tengamos conocimiento de este Señor, y menos lo tenemos como reconocido historiador, aunque escriba ese apéndice en el segundo tomo de obra de tan ilustrado director que, dicho sea de paso y sin ánimo de desprestigio alguno de personas ni de obra, no hemos visto nombrado al señor Bargas en el prólogo del director, que encabeza el libro, donde han tenido su lugar otros autores.

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La llengua te vida propia independent, lliteratura propia i pot formar la seua historia d’evolució morfológica dende que s’emancipa de sa mare. El dialecte no pot tindre vida independent, ni molt menys lliteratura propia; per lo tant, rigause d’aquells que sostenen que el valenciá es un pur dialecte; eixos no han llegit nostres clássics del sigles XIV, XV, XV, i XVII.
Lluis Fullana i Mira (1916)

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