A la búsqueda de la verdad

Per Agustí Franch

Lamentablemente muchos valencianos, en la actualidad, somos así: "... un tipo de hombre hecho de prisa...sobre unas cuantas abstracciones... vaciado de su propia historia... carece de un "dentro", de una intimidad suya... tiene sólo apetitos... sin la nobleza que obliga...". Es el "snob", en definición de Ortega y Gasset (La rebelión de las masas), individuo al que él mismo llama "el hombre-masa". Los curiosos que siguen la lectura de nuestras lucubraciones pueden adivinar que buscamos la verdad en el paradógico elemento histórico; la verdad que descubra la inexistencia de prioridad alguna de lo catalán sobre lo valenciano como algunos patriotas catalanes pretenden, y los antipatria valencianos también. La conducta de los primeros, aunque en algunos aspectos exagerada, es comprensible; la de los segundos reprochable. Buscamos la verdad, pero no la "verdad a toda costa", como minimiza esa búsqueda Nietzsche, cuando va dirigida al plano espiritual, en ocasiones negando la existencia de toda verdad, en su libro "Humano, demasiado humano".

En todo fundamento humano hay una verdad, pero no absoluta.

El snob -añade Ortega-, vacío de destino propio, es incapaz de entender que hay misiones particulares y especiales mensajes (ob. cit., pág. 18) Acojamos internamente al hombre, pues, y dejemos la masa.

La conducción de las gentes hacia estrategias políticas, es fácil de conseguir; y se consigue mediante símbolos y medias verdades que llevan al equívoco al "rebaño" en definición nietzscheriana de la antedicha masa, que se deja arrastrar por el erróneo, pero cómodo contenido de la máxima popular del "más vale creerlo que ir a buscarlo".

Así, pues, un cúmulo de mentiras como la siguiente, medio ocultas con lo que pudiera ser verdad, pero no lo es, llevan a la creencia en una antiquísima Cataluña que, aunque antigua, tan antigua nunca lo fue: "...La Marca Hispánica resguardaba al reino franco por el sur comprendiendo toda Cataluña con Barcelona como capital." (Louis Halphen, miembro del Instituto "Carlomagno y el imperio carolingio". Unión tipográfica Hispano Americana).

¿Cómo puede ser Barcelona capital de algo -que aquí llama alguien Cataluña- que no existe?

En primer lugar, antes de señalar al autor "profesor de la Sorbona", en la portada pone que es "miembro del Instituto" ¿del Instituto de Estudios Catalanes? Si así lo pusiera explicaría el interés de hacer una Cataluña antiquísima, cuando no lo es tanto, presentándola como madre o abuela de las otras regiones históricas peninsulares, cuando en realidad es nieta o biznieta de todas ellas. La que hoy llamamos Comunidad Valenciana, por ejemplo, salvado las diferentes denominaciones recibidas a lo largo de su historia, tiene un sustrato mucho mas peculiar, tanto biológico como lingüístico; de unidad política más o menos afianzada según las épocas, partiendo de los tiempos primitivos hasta que en la Edad Moderna asaltó a los monarcas la idea de la unificación de España.

Es a la Historia, a la que hay que acogerse, para determinar la antigüedad de cada una de las comunidades históricas, como ya lo hicieron los catalanistas, al menos desde Prat de la Riba en 1890, en su apología de una "patria catalana libre de toda influencia liberal" (P. Gabriel, Larousse). Huyen de la liberalidad, pavorosa enemiga de los nacionalismos, como también desde siempre se apartan de comenzar sus relatos "históricos" desde el punto inicial, sino desde la inconcreta aparición de una palabra que han ido metamorfoseando: Gotia, Gothia, Gothalania, Catalonia, Catalanus; finalmente, Catalunya, de inconcreta aparición en el tiempo.

Los antipatrióticos, intrigantes al servicio de intereses ajenos, contribuyen despiadadamente a la liquidación por derribo, de prosapia de primitivo origen. "Todo individuo que en un pueblo conspira a romper la unidad y la continuidad espirituales de ese pueblo, tiende a destruirlo y a destruirse como parte de ese pueblo..." (Unamuno. Del sentimiento trágico de la vida). Así son los apátridas desamorados de un pueblo que no eligieron.

cites

Nadie podrá asegurar que el valenciano y el mallorquín sean dialectos del catalán en el verdadero sentido de la palabra. Los tres se han desarrollado con absoluta simultaneidad de tiempo y divergencias léxicas, sin influirse mutuamente
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