La lengua vernácula

Per Josep Maria Guinot i Galan

La campaña que, con ocasión de la autonomía de la región valenciana, están desarrollando los responsables de la pastoral diocesana de Segorbe-Castellón, para introducir la lengua vernácula en la Iglesia castellonense, es de tal actualidad que merece un comentario.

Tras un primer escrito en el que los dirigentes diocesanos se pronunciaban eufóricamente por la "autonomía del País Valenciano", en un segundo comunicado, bajo el mismo epígrafe, publicado recientemente en la Hoja Parroquial y en el Boletín Eclesiástico, vuelven sobre el mismo tema, expresando sus temores de haber incurrido en "una intromisión en algo que no es de su incumbencia", como así es en efecto, pero reiterando los mismos conceptos: que la Iglesia debe solidarizarse con las aspiraciones del pueblo valenciano, que este ha perdido su personalidad colectiva , que hay que recuperarla o repararla, que hay que volver a las antiguas instituciones, cultura, lengua, etc…. todo ello aderezado con los consabidos latiguillos demagógicos contra el centralismo, Felipe V y los Borbones, centrando todos sus esfuerzos en la descastellanización del país, por la introducción de la lengua vernácula en todas las actividades de la Iglesia diocesana: Misas, sacramentos, catequesis, predicación, libros parroquiales y toda suerte de publicaciones.

Como el tema que nos ocupa no es de orden dogmático ni moral, sino de mera acomodación de la pastoral a las circunstancias del momento, y sobre el mismo caben diversas opciones, a pesar de que el comunicado eclesial inició la campaña "en nombre de Aquel que nos congrega en la comunidad de amor y de vida que es la Iglesia" esto es, en nombre de Dios, creemos oportuno expresar nuestra opinión para contribuir al esclarecimiento de las ideas.

De la lectura detenida de dicho documento se deduce que la campaña lingüística iniciada por la jerarquía diocesana de Segorbe-Castellón, parte de principios equívocos, emplea procedimientos inadecuados y está abocada a originar grandes daños.

En primer lugar, parte de principios equívocos, porque en la base de esta campaña figuran dos presupuestos que no tienen consistencia: primero, que introducir la lengua vulgar en al liturgia, es acomodarse al Concilio Vaticano II; segundo, que la lengua vernácula de la provincia de Castellón -sector bilingüe- es el catalán escrito o literario

1º.- El comunicado eclesial fundamenta su actuación, en favor de la lengua vernácula en el Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosantum Concilium, cuyos párrafos 36-39, 54 y 63, cita expresamente. Ahora bien ¿hay en ellos alguna disposición que ordene o aconseje indiscriminadamente la introducción de las lenguas vernáculas en las minorías étnicas o sociales? Ninguna en absoluto. La Constitución conciliar se limita a decir que "el uso de la lengua vulgar puede ser muy útil para el pueblo en algunas ocasiones" (S.C. 36.2). Mero reconocimiento de la utilidad "en algunas ocasiones". Ninguna imposición, ninguna recomendación.

Igualmente, el párrafo 54 de la referida Constitución, que trata del uso del latín y de las lenguas vulgares, afirma: "En las misas celebradas con asistencia del pueblo "puede darse" el lugar debido a la lengua vernácula, principalmente en las lecturas y en la oración en común y, según las circunstancias del lugar, también en las partes que correspondan al pueblo". Tampoco hay aquí ninguna orden o consejo: se trata sencillamente de una posibilidad o autorización cuando haya concurso de gente, porque, de no haberlo, la Misa debe preceptivamente celebrarse en latín.

Finalmente, el párrafo 63 habla del empleo de las lenguas vulgares en la administración de los sacramentos, y no añade nada nuevo a lo anteriormente expresado: "se puede usar la lengua vernácula a tenor del núm. 36" ya comentado en cuanto a su alcance.

¿Cuales son las circunstancias en que puede ser útil la introducción de las lenguas vulgares en la liturgia? Ese es un problema de aplicación pastoral, que el Concilio deja al prudente juicio de los obispos, no en particular, sino de "la autoridad eclesiástica territorial" (S.C. 36.3) "que deberá determinar si se ha de usar la lengua vernácula y en qué extensión". Y para mayor garantía añado: "y estas decisiones tienen que ser aceptadas por la Sede Apostólica".

2º.- La campaña lingüística pastoral supone que la lengua vernácula, del sector valenciano de nuestra provincia es el catalán escrito o literario, lo cual es completamente infundado. En efecto, en dicha lengua culta están redactados los libros litúrgicos que se intenta introducir, y en la misma variante lingüística se expresan los escritos que van apareciendo en la Hoja Parroquial y en el Boletín Oficial del Obispado, como, por ejemplo, el comunicado que estamos comentando, en el cual, hemos podido subrayar más de ciento veinte variantes catalanas u obsoletas, que nadie de nosotros pronunciaría sin rubor o sin miedo al ridículo.

La lengua valenciana de la provincia de Castellón no es la lengua literaria catalana actual. Nuestra lengua vernácula es la que brota espontáneamente de los labios de nuestros hombres y nuestras mujeres, de la gente de nuestra tierra: un valenciano "evolucionado" corrupción del latín o del valenciano medieval, si se quiere, pero en vivo contraste con el catalán artificioso de los libros y publicaciones actuales.

Con las lenguas sucede como con los árboles, que van cambiando incesantemente sus hojas, y a veces sus ramas, sin perder por eso su estructura primigenia a través de los años. El primitivo lenguaje de nuestros antepasados se vio fuertemente influenciado por el latín, los germanos, los árabes, los catalanes y finalmente los castellanos. La lengua vernácula que habla actualmente nuestro pueblo es el resultado de la acción de todos esos pueblos y culturas; está tan "evolucionada" que las personas cultas se avergüenzan de emplearla delante de los puristas, aunque no por eso renuncian a ella en sus círculos familiares o de amistad. Hablar o escribir hoy día en valenciano, empleando el catalán culto será todo lo científico que se quiera, pero no es "escribir o hablar en lengua vernácula", ni tampoco emplear un procedimiento pastoral. A guisa de ejemplo, en el comunicado que estamos comentando, sin salir de los primeros párrafos, encontramos giros sintácticos que no empleamos los valencianos, y palabras que, aunque figuren en el diccionario, no solemos usar, como bisbe, arxiprest, fidels, esglesia, interpretaseu, adreçem, aplega por replega, tenir por tindre, fora por seria, acomplert, el posesivo llur, en desuso, el verbo calde en acepciones fuera de uso, y la preposición amb que tanto asombro causa a las gentes sencillas. A esto añádase las dificultades de tipo ortográfico, el adoptar la ortografía catalana, tan dura para la vista como para el oído, por no haber sabido simplificar los grupos consonánticos compuestos, tales como: tg, tj, tll, tn, tz, ix, etc…, cuya dureza ya han eliminado otras lenguas románicas y el habla popular de los valencianos.

Hemos dicho también que la pastoral diocesana emplea procedimientos inadecuados y que la campaña puede ocasionar grandes daños. Y al llegar a este punto, quisiera proceder con la mayor delicadeza, para no ofender la sensibilidad de los celosos pastores, a los cuales conozco dotados de las mejores intenciones y del deseo de servir a las almas tanto como a los deseos de su venerable Prelado. Sin embargo debo decir que en un asunto como éste debería haberse consultado previamente al pueblo fiel. No por medio de asambleas tumultuarias o votaciones democráticas, tan en boga, sino por medio de ciertas exploraciones o encuestas, bien hechas, sin previas mentalizaciones o coacciones, que permitiesen conocer cuál es la opinión de nuestro pueblo cristiano sobre la necesidad o conveniencia del cambio lingüístico y sobre su libre preferencia. Porque los experimentos realizados hasta ahora han dado un veredicto negativo, como sabemos. Una vez analizada esa encuesta es cuando la reforma lingüística podría ser adecuada.

Y al anterior fallo de procedimiento hay que añadir otro más importante: la implantación de la reforma lingüística de modo coactivo. Es verdad que en una frase se dice suavemente "pedimos a todos el uso de nuestra lengua" pero tal petición va acompañada de frases y conceptos que la convierten en verdadero mandato. Se inicia la campaña, como hemos dicho anteriormente, nada menos que en nombre de Dios; se reconoce que ofrecerá dificultades y exigirá esfuerzo, pero a pesar de ello debe realizarse, y se pide, a presbíteros y fieles en general, lleven a cabo toda esta tarea comunitaria sin intransigencias -no faltaría más- pero sin inhibiciones. ¿Es preciso ponderar la fuerza que tiene una "petición" formulada en términos semejantes? Máxime si se añaden razones de tipo religioso o moral que susciten escrúpulos. Porque el documento dice que el bilingüismo llevado a la comunicación con Dios, "no es bueno para la espiritualidad", y añade que "habría que establecer la influencia de este fenómeno en la división ante fe y vida de muchos fieles". Esa afirmación no sólo supone que los de zona bilingüe tenemos una espiritualidad mas baja, sino que mostramos una división más acentuada entre fe y conducta que los que hablan solamente el castellano, y además que la causa de este fallo está precisamente en la oración en castellano. Todas esas insinuaciones son muy difíciles de demostrar. Pero lo que si es previsible es que la reforma lingüística, si es que llega a aplicarse, escindirá en dos zonas independientes la diócesis de Segorbe-Castellón, rompiendo una unidad espiritual y moral ya lograda. ¿Como puede ser guardada aquella unidad a base del valenciano en las actividades generales de la diócesis, asambleas cursillos, ejercicios espirituales, retiros, concentraciones, etc…?

Todavía hay más riesgos o inconvenientes, pero por ser de índole política y conflictivos, no haré más que mencionarlos: el anticastellanismo y el catalanismo. Es notorio -porque está en la radio y en la prensa- que en la actualidad pululan por nuestra región, dos corrientes, afortunadamente minoritarias, igualmente perniciosas. Una de estas corrientes, tergiversando la Historia, presenta a Castilla como un negrero que nos ha esclavizado durante siglos; otra corriente más culta, mas sutil, apoyándose en el hecho lingüístico, salta sofisticadamente a la unidad étnica y pretende que los valencianos somos catalanes. Estando así las cosas, ¿es conveniente que la Iglesia asuma alegremente el protagonismo de la descastellanización y de la catalanización de todos los aspectos de la vida diocesana?

El Concilio Vaticano II no quiere que se violente a los cristianos "ni siquiera en la liturgia, por el contrario, respeta las cualidades peculiares de las distintas razas y pueblos" (Sacrosantum Concilium, núm. 37) ¿Se cree la Iglesia obligada a iniciar esa campaña de descastellanización, de catalanización, para cambiar la identidad del pueblo valenciano, de sus propias peculiaridades? Los primeros catequistas del pueblo romano, estoy seguro que no se preocuparon de introducir la lengua clásica de César, ni siquiera el sermo urbanus de Cicerón: seguramente utilizarían el sermo plebelus, quizá el lenguaje popular de los personajes del Convite de Trimalción de Petronio.

Para terminar: me dolería en el alma que se tomase a la Iglesia por un peón más del Imperialismo catalán, de ese que ya nos incluye en la rúbrica de "terres catalanes" para intentar la absorción de Valencia; como me dolería que alguien viese en mis palabras el menor menosprecio para la dulce lengua valenciana, que yo mismo empleo en mis relaciones con familiares y amigos. Mi propósito, al intervenir en este problema, es estrictamente pastoral.

cites

Y más ha concedido Dios a Valencia una lengua polida, dulce y muy linda, que con brevedad moderada exprime los secretos y profundos conceptos del alma, y despierta el ingenio a vivos primores, donde le resulta un muy esclarecido lustre.” “Esta lengua formaron de lo mejor que había en la lemosina y por lo que les faltaba recurrieron a las tres lenguas más excelentes de todas las del mundo según antes hemos probado. De la hebrea tomaron... De la griega... De la latina tomaron todos los otros vocablos para hacer que la lengua fuese muy copiosa y tuviese propio nombre a cada cosa por rara que fuese.
Rafael Martin de Viciana

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